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Carta V

Sobre la verdadera pobreza y el desprecio de la muerte

Séneca saluda a su querido Lucilio

Persevera como has empezado y, en cuanto puedas, date prisa, para que durante más tiempo puedas disfrutar de un espíritu corregido y ordenado. Y, desde luego, ya disfrutas mientras lo corriges y lo ordenas; pero es distinto el placer que se obtiene al contemplar un alma limpia de toda mancha, pura y resplandeciente.

Recuerdas bien cuánta alegría sentiste cuando, dejada la toga pretexta, te pusiste la toga viril y fuiste conducido al foro: espera una alegría mayor cuando abandones el espíritu infantil y la filosofía te inscriba entre los hombres. Pues todavía no permanece en nosotros la niñez, sino —lo que es peor— la puerilidad; y esto es más grave porque tenemos la autoridad de los viejos, pero los vicios de los niños, y no solo de los niños, sino de los bebés: aquellos temen cosas leves, estos cosas falsas; nosotros, ambas.

Avanza solamente: comprenderás que ciertas cosas son menos temibles precisamente porque causan mucho miedo. Ningún mal es grande si es el último. La muerte viene hacia ti: sería temible si pudiera quedarse contigo; pero necesariamente o no llega o pasa de largo.

“Es difícil —dices— llevar el ánimo a despreciar la vida”. ¿No ves por cuán frívolas causas se la desprecia? Uno se colgó ante la puerta de su amante; otro se arrojó desde un techo para no oír más tiempo a su amo irritado; otro, para no ser devuelto tras la fuga, se hundió el hierro en las entrañas. ¿No crees que la virtud pueda lograr lo que logra un miedo excesivo? Nadie puede tener una vida segura si piensa demasiado en prolongarla, si cuenta entre los grandes bienes el vivir muchos años.

Medita esto cada día: que puedas abandonar la vida con ánimo sereno. Muchos la abrazan y se aferran a ella como quienes, arrastrados por una corriente, se agarran a espinas y asperezas. La mayoría fluctúa miserablemente entre el miedo a la muerte y los tormentos de la vida: no quieren vivir, pero no saben morir.

Haz, pues, agradable toda tu vida abandonando la preocupación por ella. Ningún bien aprovecha a quien lo posee si su ánimo no está preparado para perderlo; y ninguna pérdida es más fácil que la de aquello que, una vez perdido, no puede echarse de menos. Así que exhórtate y endurece tu espíritu contra lo que puede suceder incluso a los más poderosos.

Sobre la cabeza de Pompeyo decidieron un muchacho y un eunuco; a Craso lo mató un parto cruel y arrogante; Cayo César ordenó a Lépido ofrecer el cuello al tribuno Dextro, y él mismo lo ofreció a Querea. A nadie ha elevado tanto la fortuna que no le haya amenazado tanto como le permitió. No confíes en esta tranquilidad: en un instante el mar se trastorna; el mismo día en que los barcos jugaron en sus aguas, son tragados.

Piensa que tanto un ladrón como un enemigo pueden acercar la espada a tu garganta; aunque falte un poder superior, no hay esclavo que no tenga sobre ti poder de vida y muerte. Así lo digo: cualquiera que haya despreciado su propia vida es dueño de la tuya. Recuerda ejemplos de quienes murieron por asechanzas domésticas, por violencia abierta o por engaño: verás que no cayeron menos por la ira de los esclavos que por la de los reyes. ¿Qué importa, pues, cuán poderoso sea a quien temes, si aquello por lo que temes cualquiera puede hacerlo?

Pero si por casualidad caes en manos del enemigo, el vencedor mandará que te conduzcan… naturalmente, hacia donde ya te diriges. ¿Por qué te engañas y entiendes solo ahora lo que siempre estabas padeciendo? Te lo digo: desde que naciste, eres llevado hacia allí. Estas y otras ideas semejantes deben meditarse si queremos esperar con serenidad esa última hora cuyo miedo hace inquietas todas las demás.

Pero para poner fin a la carta, recibe lo que hoy me ha complacido —también tomado de huertos ajenos—: “Gran riqueza es una pobreza conforme a la ley de la naturaleza”. ¿Sabes qué límites nos fija esa ley? No tener hambre, no tener sed, no tener frío. Para ahuyentar el hambre y la sed no es necesario sentarse ante umbrales soberbios ni soportar ceños altivos ni humillaciones; no es necesario lanzarse al mar ni seguir los campamentos: lo que la naturaleza desea está al alcance y es fácil de conseguir.

Se suda por lo superfluo: eso es lo que gasta la toga, lo que nos hace envejecer bajo tiendas de campaña, lo que nos empuja a costas extrañas. Lo suficiente está a mano. Quien se lleva bien con la pobreza es rico.

Adiós.

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