PASCALINO EN LA TIENDA DE BARRIO
Pascalino era el alma del barrio. No tenía un trabajo “moderno”, ni falta que le hacía: tenía su pequeña tienda de barrio, estrecha, de esas donde caben más historias que productos.
El local era tan pequeño que, si entraban dos clientes a la vez, había que hacer coreografía para poder moverse. Pero Pascalino tenía su técnica: se metía de lado, esquivaba cajas, levantaba la cortina de plástico con el codo y siempre decía:
—¡Cuidado, que como respire fuerte, se me caen los pantalones y no cabemos todos aquí!
La gente se partía de risa.
En aquellas cuatro paredes había de todo: tomates de huerto, patatas con tierra todavía pegada, plátanos que nunca sabías si estaban verdes o maduros… y, sobre todo, buen humor, del que no caduca y no se pesa en la báscula.
Las señoras mayores entraban a comprar “un poquito de esto y otro poquito de aquello”, pero se quedaban por el cariño. Los chavales del instituto entraban por una botella de agua y salían con dos consejos. Y los trabajadores del barrio pasaban a por fruta rápida… pero se llevaban energía para el día.
Pascalino atendía a todos igual, desde la mujer bien vestida que venía de prisa hasta el vecino que pasaba solo a hablar un minuto porque la soledad se le hacía grande.
—Aquí cabemos todos —decía Pascalino—. Si no cabemos por el hueco… hacemos un hueco más.
Y su tienda, pequeña por fuera, era enorme por dentro. No por metros, sino por humanidad.
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MORALEJA
Un negocio no lo hace el tamaño del local, sino el tamaño del corazón de quien lo atiende.

