Déjame decirte algo, como quien habla con un amigo: a veces, cuando tratamos con personas que no conocemos bien, nos esforzamos demasiado en parecer lo que no somos.
Elegimos palabras más elegantes, levantamos una pequeña coraza, intentamos dar buena impresión… como si el respeto se consiguiera actuando.
Con el tiempo he aprendido algo distinto: el respeto no se busca, se encuentra cuando uno habla con sinceridad. La mirada no miente. Puedes usar palabras muy bonitas, pero si no sientes lo que dices, se nota. Está en los ojos.
Yo prefiero que me hablen sencillo, pero de verdad. Un “buenos días” dicho con sentimiento vale más que una conversación larga que no nace del corazón.
No juzgues el envoltorio. He conocido a personas que parecían poca cosa por su forma de hablar o de vestir, y bastó escucharlas con atención para recibir una auténtica lección de vida.
No te quedes en la superficie; casi nunca ahí está lo importante. La sencillez es el camino más corto. No hace falta dar rodeos para decir una verdad. Cuando uno siente lo que dice, llega a cualquiera, incluso a un desconocido en una parada de autobús.
La honestidad es un idioma que todo el mundo entiende. Una reflexión para ti: No te preocupes tanto por impresionar a quienes no te conocen. Preocúpate por ser coherente.
Cuando uno es el mismo por dentro que por fuera, transmite una paz que los demás perciben sin saber muy bien por qué.
Al final, todos somos viajeros, y lo único que de verdad nos llevamos de los demás es la huella que dejan cuando nos hablan con el alma.

