Había una vez una gota de agua que vivía en la cima de una montaña, atrapada en un trozo de hielo. La gota estaba aterrorizada. Veía cómo el sol derretía el hielo y pensaba: «Cuando el hielo se acabe, yo desapareceré. Ese será mi fin».
Un día, un rayo de sol le susurró un secreto (un «dicho»): «Tú no eres el hielo, tú eres el agua».
La gota pasó mucho tiempo dándole vueltas a esa frase. No la entendía.
Seguía viendo cómo sus compañeras se derretían y sentía el «sabor amargo» del miedo a desaparecer.
Pero un día, de repente, la gota encontró la interpretación. Entendió que su esencia era «agua». Al comprenderlo, el miedo desapareció. Cuando el hielo finalmente se derritió, la gota no sintió que moría; sintió que se liberaba. Corrió por el río, llegó al mar y se fundió con el Océano.
Mientras las otras gotas gritaban de miedo al caer al mar pensando que era el fin, ella sonreía. Ella no «saboreó» la muerte, porque mientras las demás creían que estaban siendo destruidas, ella sabía que simplemente estaba regresando a su inmensidad.

