Categories :

Pepe, dicho para uno de los nuestros

Pepe, dicho para uno de los nuestros:

Recupérate.

Y recupera tu tiempo, que no es poca cosa.

Que llevas años arreglando lo de otros: motores, cuadros, enchufes, averías que nadie vio venir. Siempre llegando cuando algo falla. Pero a ti, ¿quién te hace el mantenimiento?

El tiempo se te ha ido como se va la corriente por una fuga pequeña: no se nota al principio, pero cuando miras el contador… ya ha dolido. Jornadas largas, prisas, favores, “échale un vistazo”, “esto es un momento”, “mañana descansamos”. Y mañana nunca llega.

No es que no hayas trabajado. Has trabajado mucho.

Lo que pasa es que muchas horas se han ido sin vivirlas.

Porque vivir no es solo fichar, cumplir y aguantar. Vivir es estar presente. Y muchas veces has estado con el cuerpo en un sitio y la cabeza en otro, tirando de oficio y tirando de orgullo.

Aquí está el fallo que casi todos cometemos: creemos que la vida se nos va a ir algún día, más adelante, cuando seamos viejos. Mentira. La vida ya se ha ido en cada turno que no contaba, en cada día que pasó sin preguntarte si esto tenía sentido.

El pasado no se repara. No hay recambio.

Eso ya lo sabes tú mejor que nadie.

Así que deja de fiarlo todo al mañana. El mañana es como una máquina vieja: siempre promete, pero falla cuando más la necesitas. La vida solo responde al presente, al aquí y ahora, al “esto es lo que hay”.

Todo lo demás es accesorio. El dinero va y viene. El trabajo cambia. Las empresas no te pertenecen.

Pero tu tiempo sí.

Y aun así, lo regalas como si fuera barato.

Nos sentimos obligados cuando alguien nos debe un favor, pero no cuando alguien se lleva horas de nuestra vida. Y esas horas no vuelven. Ni con agradecimientos, ni con palmaditas en la espalda.

Y ojo, no se trata de hacerse el listo ni el perfecto. Tú también pierdes tiempo. Yo también. Pero hay una diferencia clave: saberlo. Llevar la cuenta. Igual que sabes cuántas horas tiene una máquina antes de la revisión, sabe cuántas horas estás dejando escapar.

No es pobre el que cobra poco.

Es pobre el que ya no disfruta ni cuando para.

Y tú aún puedes. Aún tienes margen. Aún hay vida útil.

Pero no infinita.

Empieza ahora. Aunque no esté todo claro. Aunque estés cansado. Aunque no sea el momento ideal. Porque esperar a tocar fondo para cuidarse es como cambiar el motor cuando ya ha gripado: llegas tarde y sale caro.

Hazte el mantenimiento que llevas años haciendo a otros.

Cuídate, Pepe.

Que nadie va a hacerlo por ti.

Deja una respuesta